Mostrando entradas con la etiqueta llagas de san francisco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta llagas de san francisco. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de septiembre de 2012

La Familia Franciscana celebra la impresión de las llagas de San Francisco de Asís.

Pocos santos han tenido tan decisiva influencia en la historia civil  y eclesiástica de todos los tiempos como el Poverello de Asís.
Y pocos han vivido las máximas evangélicas como este hombre que se identificó tanto con nuestro Señor Jesucristo crucificado,  que mereció recibir en su cuerpo las sagradas llagas.

Dos años antes de su muerte, San Francisco se retiró a Toscana con cinco de sus hermanos más cercanos, en el Monte Alvernia, para celebrar la Asunción de la Santísima Virgen y preparar la fiesta de San Miguel Arcángel por cuarenta días de el ayuno. Fue en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

Francisco, arrodillado ante su celda, oraba rezando con los brazos  abiertos a la espera del amanecer, cuando fue objeto de una gracia excepcional.  El Señor crucificado se le apareció en la figura de un serafín de seis alas. Después de pasar tiempo con él en una conversación dulce, partió dejándole  impreso en el cuerpo las llagas sagradas.
El Papa Benedicto XI quiso conmemorar esta gracia mediante una festividad. El Papa Sixto V ordenó insertar en el Martirologio romano, el recuerdo de  los estigmas de San Francisco el 17 de septiembre. El Papa Pablo V extendió  esta fiesta a la Iglesia universal con el fin de despertar el amor de Jesús crucificado en cada corazón.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Impresión de las Llagas del Seráfico Padre San Francisco de Asís.

Se celebra hoy (17 de septiembre) la memoria del inaudito prodigio y don concedido por Dios a San Francisco en el Sagrado Monte Alvernia. Los Estigmas son el sello divino de aquel empeño de imitación de Cristo que él buscaba con todas sus fuerzas desde el día de su conversión. Dios lo presenta al mundo como ejemplo de vida cristiana, como invitación a seguir el Evangelio. Francisco tenía a Cristo en el corazón, en los miembros y en los labios, y Cristo le imprimió el último sello también en su cuerpo.


Era la madrugada del 14 de septiembre de 1224, fiesta de la Exaltación de la Cruz, y San Francisco oraba con un ímpetu nuevo: Oh Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido que me hagas antes de que muera: la primera, sentir en mi alma y en mi cuerpo cuanto es posible el dolor que tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión; la segunda, sentir en mi corazón cuanto es posible, aquel extraordinario amor del cual tú, Hijo de Dios, estabas inflamado hasta soportar gustoso una pasión tan grande por nosotros pecadores”.

Desde la profundidad del cielo deslumbrante, San Francisco vio venir un Serafín con seis alas de llamas: dos que iban unidas a su cabeza, dos cubrían todo su cuerpo, y dos se abrían para volar. En aquel Serafín alado destellaba la felicidad de ver al Señor y el dolor de verlo crucificado, un admirable ardor devoró su alma e invadió su cuerpo, quedando con dolorosas heridas en los pies, las manos, el costado, mientras una voz le decía: “¿Sabes lo que te he hecho? Te he dado los Estigmas que son los signos de mi Pasión, para que tú seas mi portaestandarte".

El Serafín alado desapareció, el dolor cesó y cuando después de mucho rato San Francisco volvió en sí, sintió las manos bañadas y un riachuelo cálido le corría por el costado izquierdo. Miró: era sangre. Trató de levantarse, pero los pies no lo sostenían. Sentado en tierra bajo el abrazo verde de los árboles, se miró las manos, se miró los pies, y los vio traspasados por clavos de carne, negros como el hierro, con gruesas cabezas redondas que sobresalían en las palmas de las manos y en las plantas de los pies. Se abrió la túnica, miró el pecho al lado izquierdo, donde sentía un dolor que le llegaba al corazón, y descubrió una herida como de una lanza, roja y sangrante. Eran las llagas de que había hablado el Serafín. Por lo tanto había sido escuchado! El amor lo había transformado en el Amado, porque uno se convierte en aquello que ama. Mientras el Serafín se aparecía a Francisco, una luz brillante aureolaba la cima del Monte Alvernia, iluminando los montes y valles de alrededor.